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Te ígitur...

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Comienzo indicando que esta colaboración es un resumen o síntesis de artículos que he leído sobre el tema, y como a veces las opiniones son diversas en algunos puntos concretos, recojo en cada caso la que me parece más acertada.

La parte central de la Misa o Eucaristía (=Acción de gracias) es la llamada Plegaria eucarística o Anáfora (=Ofrenda) en la Iglesia de Oriente, que se inicia con un diálogo de tres frases entre el sacerdote celebrante y los fieles, y que precede al Prefacio:

“En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno...”

Tiene su culmen en la Consagración: repitiendo las palabras y gestos con que Jesús en la Ultima Cena instituyó el sacramento eucarístico, convirtiendo el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Y concluye con la Doxología trinitaria:

“Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo…AMEN”.

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Una de las consecuencias o aplicaciones litúrgicas del Concilio Vaticano II (1962-1965) fue la elaboración y el uso de nuevas Plegarias eucarísticas a partir del año 1968, pues hasta entonces sólo existía una, llamada Canon romano en la Iglesia de Occidente, cargado de doctrina y espiritualidad, y ahora designado como la primera Plegaria eucarística, dada su antigüedad. En griego la palabra canon significa regla de madera que usa el carpintero, y, como metáfora, norma legítima, fija y segura; de ahí, por ejemplo, que las leyes de la Iglesia se llamen cánones. En el siglo VI comenzó a usarse la palabra Canon para la liturgia, sin añadir ninguna otra palabra o añadiendo actionis (= de la acción del sacrificio de Jesús) y posteriormente Canon Missae, pero ya se empezó a elaborar o formar en el siglo IV. Aunque en los comienzos el Canon no se recitaba en silencio, a partir del siglo VII el sacerdote empleaba un sencillo recitado en voz baja, que, prácticamente era casi en silencio; silencio que no equivalía a secretismo sino que tenía -entre otras razones- un sentido sagrado de reverencia y misticismo alegórico y con reminiscencias del Antiguo Testamento, cuando el sumo sacerdote entraba en el Sancta Sanctorum. Lo recitaba en latín -como toda la Misa- y el celebrante solo; con alguna intervención o respuesta, en general breve, de los fieles, mostrando así su unión a dicha Plegaria. También a raíz del Concilio Vaticano II se dice en voz clara y se introdujeron las lenguas vernáculas.

Esta larga introducción, creo era necesaria para comprender lo siguiente. La unidad orgánica del Prefacio con todo el Canon empezó a romperse con la posterior inserción del epinicio (palabra de origen griego que significa canto de victoria o himno triunfal): Santo, Santo, Santo es el Señor…, dejando así al Prefacio como si fuera una oración autónoma. Prescindiendo de otros orígenes o significados, la palabra Prefacio es en el siglo VI cuando aparece aplicada a esta plegaria con que se inicia el Canon como si fuera una introducción al mismo y no parte del mismo, como es en la realidad litúrgica y que ya resalté. Aludiendo a lo escrito antes del Canon actionis, Prefacio -según su etimología latina: prae facio- viene a significar antes de la acción sagrada del sacrificio eucarístico de Jesús; incluso un destacado monje benedictino del siglo IX, con cierta redundancia, lo llama Praefatio actionis.

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En el clásico y secular Missale Romanum (=Misal Romano) en latín y durante siglos, después del Prefacio y el Santo, se lee con letras destacadas CANON MISSAE (Canon de la Misa) y se inicia una plegaria con Te ígitur [,clementíssime Pater…] y en español: A ti, pues [, clementísimo Padre…, pero según la traducción oficial actual suprime A ti, pues y comienza: Padre misericordioso…]. La lengua latina no tiene nuestro acento ortográfico o tilde, pero en los textos litúrgicos se suele poner y utilizar cuando es necesario para facilitar la lectura correcta, así ocurre con la conjunción ígitur (pues), que une idealmente “…Padre santo…” del Prefacio con “…Padre misericordioso…”, que he citado antes; salvando la interrupción establecida por el Santo entre el Prefacio y lo restante del Canon, unidos primitivamente. Hay quien sostiene que la oración Te ígitur… no estuvo en los comienzos situada aquí, y que la conjunción ígitur se relacionaba con otra fórmula anterior.

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Hacia finales del siglo VIII empieza a destacarse la T del Te ígitur y luego a convertirla en un Crucifijo cada vez más adornado y con la imagen de Cristo, y ya en el siglo XII se la separa del texto convirtiéndola en la imagen representativa del Canon, pero conservando la T inicial. Los calígrafos e iluminadores hicieron artísticas miniaturas en la T, aprovechando la forma crucífera de esta letra, y de ahí se va empleando toda la página de al lado para representar la escena del Calvario o, cuando menos, el Crucifijo. En los Misales actuales, editados por la Conferencia Episcopal Española, dentro de la parte referente a la Plegaria eucarística, después de los Prefacios y antes de la Plegaria eucarística I o Canon romano, figura un dibujo a plumilla del Calvario tal como aparece en la fotografía adjunta; ésta corresponde al Misal de nuestra Parroquia, reimpreso en el año 2009. En los manuscritos, el texto del Canon viene presentado con el mayor esmero y lujo, e incluso con letras mayores que las usadas en lo restante del Misal, y por esto incluso en la imprenta dan el nombre de canon a un tipo de letra.

Especialmente en la Semana Santa, la Eucaristía (Jueves Santo) y la Cruz (Viernes Santo) centran nuestra vida cristiana.

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Eugenio Jesús Oterino. Misionero Claretiano


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