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Primera y ¿Última? Comunión.

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PRIMERA Y ¿ÚLTIMA? COMUNIÓN
 
 
Es motivo de alegría, ver la ilusión que sienten los niños y niñas en estas fechas ya próximas a recibir por primera vez a Jesús. Durante dos años, la parroquia, los catequistas se han esforzado por transmitir a estos pequeños los contenidos de nuestra fe cristiana, de un modo adecuado a su edad.
 
 Más de una vez hemos advertido del peligro de exageración en algunos aspectos externos: vestidos, regalos y fiestas que se realizan con tal motivo; entre otras razones porque distrae a los niños de lo esencial: “recibir por primera vez a Jesús. Pero –aparte de excesos- es indudable que la Primera Comunión es motivo de gozo y alegría para toda la familia, supone una íntima fiesta del corazón, que debe celebrarse también externamente de un modo razonable.
 
 
Sin embargo a los que preparamos a los niños para la “primera comunión”, nos invade, junto al gozo, una cierta preocupación: ¿cuántos de ellos no volverán quizá a comulgar en muchos años? Es decir, para cuántos “la Primera” será, casi, su “última Comunión”.
 
No es culpa suya, naturalmente. El ambiente familiar será quien marque el comportamiento de esos niños en el inmediato futuro. También influyen las amistades, los modos culturales modernos, etc.; pero es, sobre todo, la familia la que hace arraigar y crecer en sus almas la fe o, por el contrario, los conduce al abandono y al olvido.
 
El primer encuentro con Cristo se da en el Bautismo que, en nuestras latitudes, es con frecuencia inconsciente. La Primera Comunión, por el contrario, ya supone –en el niño o niña– un grado de consciencia notable: más de lo que puede parecer. Si a la preparación parroquial, se suma una actitud familiar creyente, los niños captarán con facilidad y profundidad los aspectos básicos de nuestra fe: la confianza con Jesús, el perdón de sus pecados, las verdades del Credo, la celebración de la fe en comunidad...
 
Por ello, es el momento de inculcarles que esos gérmenes de verdad cristiana no pueden agostarse. Al revés: deben crecer, como una plantita recién nacida, para llegar a dar flores y frutos el día de mañana. Y, repito, esto es tarea de los padres: la catequesis de post-comunión que ofrece la parroquia, puede ayudar en algo; pero nunca sustituir el papel de unos padres cristianos.
 
Padres y madres sabed que vuestros hijos no harán lo que les digáis, si no lo que os vean hacer a vosotros. Si en el matrimonio hay amor, aprenderán a amar; si hay peleas, aprenderán a reñir entre ellos. Si hay comprensión y paciencia, vivirán la vida con optimismo; de lo contrario, vivirán para su egoísta interés personal. Si acudís con ellos a la Misa dominical, entenderán cada vez más la práctica de la fe católica; si no, la olvidarán en pocas semanas...
 
Queda pues en vuestras manos que su “Primera Comunión” no sea “la última”. Los sacerdotes y catequistas confiamos en vosotros: ¡ánimo!
 
Que el Señor os bendiga.

 


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