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Fernando Saperas, martir de la Castidad

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Fernando Saperas Aluja nació a principios del siglo XX, el 8 de septiembre de 1905. No fue alumbrado en una gran capital, conocida en todo el mundo, sino en un pueblecito de la provincia de Tarragona, de nombre Alió. Su cuna no fue de lata alcurnia, sino humilde y modesta. No fue flor de palacio sino hierbecita de belén. Hijo no de reyes ni de príncipes sino de un albañil infatigable y de una simple ama de casa. Hogar ordinario, pero no obscuro, ya que en él prendió la resplandeciente luz de quien es sabiduría infinita, Cristo, luz del mundo.

Fernando no fue hombre de letras, solo pudo cursar los primeros estudios. La pesada losa de la orfandad de padre llegó a desplomarse sonora sobre sus espaldas cuando aun sólo contaba con siete años de edad. Pronto hubo de empezar su vida laboral. Andando el curso del tiempo llego a labrar la tierra, después trabajo como camarero y llegará incluso a ser dependiente de una tienda.

En definitiva la fisonomía o fotografía de Fernando hasta la edad de su servicio militar es la de un hombre de pueblo, sencillo , normal, piadoso. Toda su circunstancia, tanto interna como externa, queda caracterizada por solo una nota, la de la pequeñez, la de lo diminuto, la de lo casi microscópico, la de lo ordinario, la de lo corriente, la de lo común a la casi infinidad de los mortales. Era uno de tantos en este mundo mundial, pero se acordaba del Señor de los cielos y de la tierra.

Su servicio militar ya transcurrió en una gran ciudad, Barcelona. Fernando era un joven normal, tanto en su cuerpo como en su alma, de modo que durante su vida de cuartel tuvo que luchar para vivir bien la santa pureza. A fin de dominar su cuerpo y su espíritu, rezaba diariamente siete avemarías a la Santísima Virgen, madre de pureza, pidiendo esta hermosa virtud.

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El soldado Fernando frecuentó una iglesia regentada por los hijos del gran santo Antonio María Claret. El trato con los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de María le hizo un gran bien. Llegó a pedir a uno de los superiores de los claretianos que le admitieran como criado. Oficio del criado es servir. Como dice Pemán, el encanto de las rosas es que siendo tan hermosas, no conocen lo que son. Su bella y humilde petición recibió una respuesta sorprendente: no admitieron su atenta súplica. En vez de aceptarlo como criado, le invitaron a que fuese un verdadero Misionero claretiano, uno de ellos, en la calidad de Hermano. Como Hermano claretiano sería un verdadero religioso. Y se ocuparía en los usuales oficios domésticos. Ante esta gran propuesta se tomó un tiempo para reflexionar y meditar. Sólo ingresaría en la congregación claretiana tras finalizar su servicio militar.

Fernando ha descubierto su vocación religiosa, ha hallado nuevos y grandes horizontes, un nuevo mediterráneo, un nuevo estar en la acogedora y amorosa palma maternal de la Madre de Dios.

Ingresó en el “Noviciado (claretiano) de los mártires” de Vic. Era el año del Señor de 1928. El año siguiente vistió el traje telar, la sotana. ¡Qué ilusión! Ya novicio de la congregación recibió el pequeñito oficio de encargarse de ayudar en la pobre cocina. Lo pequeño es grande si hay amor y aquí se trataba de condimentar todo con mucho amor de Dios. No le ha de bastar pelar patatas, ha de santificarse pelando patatas. ¡La santidad es el gran ideal! El día 15 de agosto de 1930, fiesta de la Asunción de Nuestra Señora, resultó un día especialmente importante para él. Fue entonces cuando tuvo la gran dicha de realizar su primera profesión religiosa y cuando tuvo la inmensa satisfacción de consagrarse a servir especialmente al Corazón Inmaculado de María, su dulce madre. Muchos de los que con él y como él realizaron la profesión religiosa llegarán a ser héroes, atletas de Cristo, testigos de la fe, presuntos mártires.

Fernando tras su profesión religiosa, será destinado al colegio Postulantado de Alagón, donde se le encargará de la cocina. Poco duró aquí su doblegar la espina dorsal ante las cazuelas. En efecto, en octubre d e 1930 ya está integrado en la gran comunidad claretiana de Cervera de la Segarra, la cual contaba por aquel entonces con unos doscientos cuarenta miembros. Aquí su ocupación vuelve a ser la de tratar con los cachivaches y enseres de la gran cocina de la comunidad.

El curso de la historia de España sigue fluyendo y el día 14 de abril de 1931 se produce una campanada o un fuerte tañido, se proclama la Segunda República. Tras lo cual, Fernando recibirá el encargo de portero del edificio de la célebre ex - universidad de Cervera, recinto ocupado por la comunidad claretiana. Tendrá que saber abrir y cerrar las puertas. La portería quedaba bien guardada por este fornido y firme joven.

Durante los primeros meses de 1934 es destinado a Mas Claret, residencia claretiana que era prolongación de la comunidad de Cervera, destinada a unos siete kilómetros, y que poseía una finca – granja. De nuevo su cargo es ocuparse de la cocina. A demás se pretende que aprenda a conducir una furgoneta. También cuidará algo de los animales de la granja y se ofrece como albañil. Ya se ve que Fernando no se parece a los que conquistan altisonantes títulos, sino que sus trofeos son los trastos de la cocina, la furgoneta, los enseres de albañilería y las bestias. En definitiva se trata de una vida religiosa escondida en Dios, la cual tiene alguna semejanza con la vida oculta de Nuestro Señor, carpintero, con la de San José obrero, que andaba a espaldas de los laureles humanos, con la de la Santísima Virgen María, que con su bendita sencillez santificaba las cosas más menudas, y también con la de “fray Escoba” (el santo hermano dominico Martín de Porres).

Tiempos duros, recia de fe

Así transcurría la vida del joven Fernando, hasta que el 21 de mayo de 1934 sufrió un accidente que dio al traste con este estado de cosas. Se fracturó una pierna, dejando tras sí un reguero de sangre. Al verlo, comentó: Esto parece la matanza del cerdo.

Llevan a Fernando a una clínica de Barcelona para su recuperación, pero como secuela le quedará algo de cojera. A pesar de esta limitación, cumplirá esforzadamente sus deberes religiosos.

Fernando, el cojo, fue enviado de nuevo a la ciudad de Cervera, donde le encontramos a mediados de 1934. Ahora será ayudante del hermano zapatero.

Pero la vida de Fernando, el joven, tiene también una especial grandeza: la participación diaria de la Santa Misa. Y, con la Sagrada Eucaristía le queda el cielo abierto y el mismo Dios radiante en lo íntimo del alma.

La congregación claretiana le ofrece también un gran tesoro de devoción mariana: el corazón purísimo e inmaculado de la Madre Virginal.

Hasta aquí la película de Fernando puede considerarse como una primavera de bellas flores. Esto es, una contemplación de cómo se ha ido desarrollando su vocación. Pero aproximadamente un mes antes de la Asunción de 1936, una dura prueba se estrella contra sobre su cabeza. En efecto le comunican que debe elegir entre la dura alternativa de o abandonar la vida religiosa y volver al mundo, o retrasar un año la profesión de sus votos religiosos. Esto hubo de ser para él muy duro. Ciertamente tenía un carácter un tanto fuerte y su familia no le había podido dar una educación esmerada, por lo que le resultaba difícil el perfecto dominio de sí. Pero ¡estaba tan ilusionado con poder llegar a emitir sus votos religiosos perpetuos, para toda la vida! Y, cuando ya parecía acariciar lo que tanto quería, todo desaparecía como en un espejismo, todo se pulverizaba y se convertía en nada. Sin embargo, no tirará la toalla, esperará subir por la senda escarpada y estrecha, superará atléticamente los obstáculos, perseverará en la vida religiosa, seguirá cuidando la flor de su vocación, triunfará enérgicamente.

Durante el periodo 1931 – 1936 se dibujaron negros nubarrones en el horizonte. Ya se presentía una tormenta preñada de mucha furia. Fue el día 21 de julio del 1936 cuando el comité de Cervera obligó a los claretianos a que desalojasen el querido edificio de la es- universidad. ¿A dónde irían ahora? Flotaba la duda y el temor ¿Qué pasará? Empezaba una verdadera novela, una aventura por capítulos. Comenzaba un peligroso exilio que terminaría con muchos misioneros regando con su sangre la noble tierra catalana, convirtiéndose así en semillas de nuevos cristianos.

Antes de esta dispersión, la comunidad de Cervera contaba por aquel entonces con 154 componentes, de los cuales 30 eran sacerdotes, 51 estudiantes profesos, 35 hermanos coadjutores y 38 postulantes.

Del corazón mismo de esta ilustre casa, brotarán cuatro barras o cuatro corrientes de noble sangre que atravesarán la tierra catalana. La primera, formada de 15 claretianos, asesinados el 26 de julio de 1936, en el cementerio de Lérida. La segunda, compuesta por 14 de sus misioneros que, tras refugiarse en el Santo Hospital de Cervera, fueron fusilados cerca de la entrada del cementerio el 17 de octubre. La tercera estaba integrada por 18 claretianos, martirizados en Mas Claret, el día 18. Y la cuarta, por 20 claretianos, a quienes segaron sus vidas en diversos lugares. En total a demás del hermano Isidoro Costa mataron a 67. Muchos de ellos tienen sus causas de beatificación y canonización ya en la última fase.

Parte de esta gloriosa epopeya claretiana, tan nutrida de sangre joven, fue el hermano Fernando. De Cervera se dirigió a Mas Claret, lugar que tanto apreciaba. Pero el día 24 de julio de 1936 el comité de Cervera fue al Mas para incautarlo. Entonces, diversos religiosos, ante los peligros y las amenazas, abandonaron este lugar. El hermano Fernando se dirigirá a Montpalau.

Fernando permaneció unas dos semanas en la casa del Sr. Ramón Riera. Aquí prestó humildes servicios, ayudando como trillador. Fernando manifestó entonces que estaba decidido a realizar la renovación de su compromiso religioso el día de la Asunción, 15 de agosto. En Montpalau vivía vida religiosa, conservando sus amados objetos que podían comprometerle: los santos evangelios, el crucifijo y medallas. ¡Era un valiente en una época en que tantos darían su vida por amor a Dios!

Fue durante este período cuando unos forasteros incendiaron la iglesia de Montpalau. Se trataba de un auténtico odio a las cosas religiosas. Esto tampoco amedrentó al Hermano, el cual se mostro como un hombre con un gran ideal: la vida por Cristo, ser mártir, morir por Dios. Así decía: Si nos matan…¡Alabado sea Dios! ¿Tal vez quiere Dios mártires de la fe! También expresó que estaba dispuesto a perdonar, y que perdonaba de todo corazón.

Por esta época, con gran intrepidez realizó reiteradamente el viaje de Montpalau a Mas Claret, ida y vuelta, para recibir el santo sacramento de la confesión, que tanto hermosea el alma. Si, dado lo peligroso del viaje, le manifestaban que debía ser prudente, respondía: ¡Qué cuentos! ¡Si me matan por ser fraile, seré mártir de la religión! En algunos de estos arriesgados viajes le acompañó un niño, José Riera, el cuál recuerda cómo durante este trayecto el Hermano rezaba a la Santísima Virgen las tres partes del Rosario. La valentía de Fernando consta también en que no se avenía a oír blasfemias, no podía sufrir que se insultara al Amor. En una ocasión, Fernando llegó a encararse enérgicamente con el mal hablado, logrando hacerle callar. Valor, atrevimiento y fuego del alma que Fernando podía haber pagado muy caro.

La estancia de Fernando en la casa del Sr. Riera llegó a ser un problema. Se acercaban las fiestas de la Asunción de María. Y, por tales fechas, esta casa, café del pueblo, era muy frecuentada por individuos diversos. Ellos representaban un auténtico peligro para el joven claretiano. Por tal motivo el S. Riera le invitó a buscar otro refugio. Se determinó que iría a Vilagrasseta, pueblecito de su esposa, concretamente a Casa Nov. El día 12 de agosto de 1936 el Hermano se despidió del Sr, Riera. Entonces dijo también a sus bienhechores: ¡Si no vuelvo, señal es de que me han detenido y fusilado! ¡Rueguen por mí!

Recién llegado a Casa Nova, le advirtieron que allí vivía un trillador de ideas revolucionarias, lo cual era muy peligroso. Así que se refugió en un cobertizo que tenían en el campo. Pero, al poco, desapareció. Ahora se vuelve a dirigir a su Mas Claret, como quien regresa a su hogar materno. Cenó y descansó en el Mas. Pero el comité de Cervera no permitía huéspedes, en cualquier registro podía ser destinado. Se confesó y abandonó de nuevo su querido Mas Claret.

Con el alma purificada y fortalecida por el sacramento de la penitencia partió hacia un pueblo cercano, la Rabassa. Fernando se dirige ahora a la casa de Miguel Bofarull. Pero coincidió que varios miembros del comité de Cervera se hallaban en dicha casa para hacerse con unas mulas, circunstancias que , según veremos, resultará decisiva para el posterior martirio del Hermano.

¿Cómo era el comité de Cervera? Un elemental respeto a la verdad histórica conlleva no ocultar los hechos de los que se gloriaban los mismos miembros del Comité. En dicho Comité se respiraba un gran odio a todo lo religioso y a Dios mismo. En diversas ocasiones prometieron salvar la vida de sus víctimas si estás abdicaban de sus convicciones religiosas. Ante la firmeza de la fe de las mismas, no era infrecuente que a su asesinato precediera provocarles horribles y absurdos sufrimientos. Incluyendo, no raramente, terribles abusos sexuales. Se gloriaban de este ensañamiento, pregonándolo y encareciéndolo mucho. En suma, este obsesionado Comité de Cervera protagonizó una terrible y prolongada persecución religiosa. Ser testigo valiente de Cristo equivalía a ser un reo de muerte.

Hacia el Calvario

Retomemos el hilo de la historia del joven Frenando. Alguien del Comité se percató de que en las cercanías de la casa de Bofarull se encontraba un hombre. Este era el Hermano Saperas, aunque ellos ignoraban su identidad. Bastó que se dibujase el interrogante y la sospecha sobre quien sería, para que le persiguieran hasta darle alcance. Lo llevaron detenido a la casa de Bofarull. Allí además de los Bofarull, se encontraban algunos miembros del Comité y un tratante de ganado, Francisco Carulla, al cual habían obligado a estar allí para tratar del asunto de las mulas.

El Hermano se encuentra así en un nuevo y terrible escenario. Se le interrogó sobre su identidad. A lo cual, respondió Fernando diciendo que no era más que un trillador. Pero esto no bastó para deshacer aquellos negros nubarrones de sospechas que se cernían peligrosamente sobre una presa que ya estaba en sus garras y que podía ser aniquilada.

Los miembros del Comité, que seguían sin conocer la condición religiosa de Fernando, partieron de la Rabassa, acompañados de Francisco Carulla y del Hermano capturado. Durante el trayecto afloraron enseguida dos de los tópicos de la actuación de este comité: Su actitud contraria a la santa pureza y su disposición violenta para con la religión. Pusieron a Fernando en trances apurado, hablándole de manera inconveniente de mujeres y poniéndole en riesgo de blasfemar. Pero el joven no accede a pecar. Fue entonces, cuando éste, con gran dignidad, valentía y riesgo de su vida, exclamó: Eso no, soy religioso y jamás…Manifestó que también era uno de los religiosos de la ex -universidad de Cervera. Y afirmó que , del jefe del grupo de milicianos que lo llevaban, conocía a un hermano suyo, seminarista. Esto último disgustó. El cabecilla y los demás milicianos habían logrado su objetivo y se gloriaban de haber atrapado a una víctima segura de sus balas. Empezará ahora para Fernando su largo viacrucis, su itinerario de dolor y muerte.

Sabedores de que era religioso, se le dijo: Ya puedes empezar a decir padrenuestros…poco después le mostraron un montón de gavillas. Era un mal augurio, ya que era practica o ritual de ese Comité quemar en las gavillas a sus víctimas, pues no querían dejar reliquia alguna. Algunos mártires incluso habían sido quemados vivos y los cadáveres ardían durante horas hasta desaparecer. Sino hubiese sido porque en aquella eventualidad intervino Francisco Carulla, allí mismo habrían asesinado al joven Fernando. Pero, entonces, el chofer del auto manifestó que se encontraba cerca de la casa de Bofarull, por lo que las hijas de este oirían las descargas y se asustarían. Todo ello indujo a los milicianos a fusilar a Fernando en un lugar más apartado. El martirio no quedaba suspendido, sino tan sólo aplazado. Y, además, aun tendrá que sufrir mucho más antes de morir.

El coche volvió a ponerse en marcha. Durante el trayecto se sucedieron las blasfemias, las malas acciones y las amenazas. El cabecilla del grupo pidió al hermano que le enseñase a decir Misa. Éste respondió que no tenia estudios y que no sabía decir Misa. No terminaron aquí las burlas y los desprecios. Pidió al Hermano que dijera en voz alta el padrenuestro. El piadoso joven así lo hizo. Entonces palabras tan sagradas fueron contestadas con dislates y disparates irrespetuosos. Tales espinas, o comentarios tan desacertados, hechos por guasa y mofa, fueron entonces valientemente corregidos por Fernando. Se le dijo también: ¿No has ido nunca a un prostíbulo? A estas palabras maliciosas relativas al desorden sexual, respondió con gran entereza el joven claretiano: Matadme si queréis, pero no me habléis de esas cosas.

Detuvieron el coche y se ensañaron con él. Contra toda dignidad, brutalmente, le despojaron de sus vestidos. Uno de ellos se le hecho encima como una bestia, como se hecha el toro a la vaca. El hermano se opuso con toda su alma a cosas tan repugnantes e indignas. Y gritaba: ¡Matadme si queréis, matadme. Pero no me hagan eso! Preferencia de Fernando de la virtud y del ideal sobre la propia vida, lo cual tanto le honra. Le dijeron que al llegar a Cervera le llevarían a casas de prostitución. Y, que si en las mismas, ante ellos, consentirían el pecado de pureza con las prostitutas, le salvarían la vida. Pero Fernando prefiriendo una muerte honrada y digna a una vida deshonrada e indigna, respondía: ¡Matadme, si queréis, pero no haré nada de eso!

Los milicianos, ya en Cervera, celebraron su pesca con un vaso de vino. ¡Todo un símbolo de su disfrute y diversión! El Hermano quedó a buen recaudo, recluido en la cárcel local , como si fuese un malhechor. Otros tres milicianos se juntaron al grupo de los que le habían apresado. Después, el miliciano Casterás y los suyos se llevaron de la cárcel al Hermano. Seguirán unas horas terribles, como de sudor de sangre que llega hasta el suelo. En la hora de las tinieblas, de lo tenebroso, del mal, del horror y de los pérfidos prostíbulos.

Mártir de la Castidad

Primero llevaron a Fernando a dos o tres prostíbulos de Cervera, después a otros dos de Tárrega. Estos últimos se llamaban “El Vermut” y “La Garza”, eran famosos por su gran infamia. En total fueron quince horas de provocaciones sexuales violentas, durante las cuales el joven se halló continuamente ante la alternativa de morir o pecar contra la castidad, de dar la vida por Dios o de hundirse en el fango del pecado. Horas de luchas titánicas con uno mismo a fin de ser fiel a Dios en medio de tantos y tales peligros. El propósito anticristiano de aquellos milicianos era claro, que Fernando pecara contra la castidad y, así, apostatara de la ley de Dios, y de su religión.

En la casa de prostitutas, violentamente y sin ningún tipo de consideración, dejaron al hermano tal y como había venido al mundo y le echaron encima un fuerte contacto físico con las prostitutas, las cuales se hallaban también desnudas y, todo ello, a la vista de la gente, como escarnio, burla y espectáculo público. Provocándole continuamente, ensayando todo género de maldad contra Fernando. El joven Fernando, por su parte, luchaba ascéticamente, se exigía moralmente, quería vivir a toda costa la santa ley de Dios. Se santiguaba, oraba fervorosamente, pedía ayuda al cielo para conservarse casto. Y, aunque su complexión física era completamente normal, su naturaleza no se inmutó, suspendiéndose en él las leyes fisiológicas ordinarias de un ser humano. Dios le ayudaba. Fernando durante ese tiempo, nada hizo contra la castidad, son que, por el contrario, conservaba la modestia, el pudor y la santa pureza. Y exclamaba con valentía heroica: ¡Virgen soy y virgen moriré! Y, también: ¡Matadme si queréis, pero no me forcéis a pecar! ¡Eso Jamás!

Le insultaron diciéndole que no era hombre. Argüían al respecto que no lo era porque no realizaba aquellos actos impuros, a los que respondió que él era tan hombre como cualquiera de ellos, pero que no le daba la gana de actuar de tal modo. Mostrándoles así: que la hombría no está en pecar. Decía también: Soy religioso y prefiero cumplir mi deber. Así mismo decía: No os canséis. Lo que profeso no me permite hacer estas cosas y no las haré…Matadme si queréis, pero no me forcéis a pecar. No, eso jamás.

Fernando, el joven soportaba tormentos con paciencia, entereza, lágrimas de fortaleza y con un inmenso dolor y sufrimiento por razón de todas aquellas acometidas contra tan hermosa virtud. Tanto legaron a atormentarle que incluso las mismas prostitutas se enfrentaron a aquellos temibles milicianos, diciéndoles que si el hermanos no quería, que lo dejaran. Que no se le atormentara de este modo. De la índole y grado de maldad, crueldad e inhumanidad de lo allí ocurrido resulta significativo que uno de los espectadores de tan lamentables sucesos llegó a enloquecer. Finalmente las cosas llegaron a tal grado que las mismas prostitutas lloraban e incluso llegaron a atreverse a tener valor de echar aquellos peligrosos milicianos armados.

El joven Fernando había vencido heroicamente ante tan dura prueba, que había permanecido casto. El cielo había triunfad sobre el terror, el amor de Dios había ganado frente a las violencias y al ardor de las bajas pasiones.

Tras esta estancia en los prostíbulos, subieron al Hermano al coche blasfemando y golpeándole cruelmente. En el camino se encontraron con un control, al que indicaron que era el Comité de Cervera ya que iban al cementerio a fusilar al fraile que llevaban, amenazando sádicamente con arrancarle los ojos y todo lo que le sobraba. Alusión clara ésta última a su comportamiento en el prostíbulo.

El momento final, su fusilamiento, llegó junto a la puerta del cementerio de Tárrega. Fernando, por tres veces repitió: ¡Perdónales Señor, pues no saben lo que hacen! Y también: Os perdono, sí, os perdono.

Al grito miliciano: ¡Apunten!, el martirizado respondió: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la religión! El cabecilla, jefe del comité de Cervera, le dio un tiro de gracia; sin embargo, Fernando siguió con un hilo de vida y, mientras se desangraba, repetía: ¡Madre!¡Madre mía!

Fernando moría en plenos ardores del calor de agosto y sólo tenía treinta años de edad. Épocas estas, del año y de la vida, en las que es más difícil y meritoria la victoria sobre el fuego de las pasiones.

Amaneció el día 13 de agosto de 1936 y Tárrega tenía en su cementerio uno de sus más preciosos tesoros, el cadáver del joven Fernando. Allí estaba el sencillo y gran Hermano Fernando Saperas, cumpliéndose también en el que las almas grandes son sencillas. Sus restos eran las de una persona que resplandecía por la virtud de la santa castidad. Ese mismo día fue sepultado. Posteriormente, sus restos se trasladaron a la iglesia parroquial de Tárrega, donde ahora reposan.

Su proceso de beatificación, introducido en 1948 con el de otros 59 claretianos de Cervera y con el de los ya beatificados 51 mártires de Barbastro, está ya en próximo a su finalización. Como indicó el cardenal Vicente Enrique Tarancón, el testimonio de Fernando Saperas Aluja es de un gran valor para la juventud. Él nos indica que las altas oleadas del mar del mundo y las acometidas del abismo nada pueden ante la pureza de nieve del corazón guardado por el amor de Dios.

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