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Evangelio 3ª Domingo de Adviento

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Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,2-11):

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!» Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti." Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

Comentario

Domingo 3º de Adviento (Mt 11,2-11) En el siglo VI antes de Cristo la nación judía fue destruida por el imperio babilonio: el templo fue destruido, Jerusalén arrasada y el pueblo con el rey a la cabeza fueron deportados como esclavos a Babilonia. Surge la voz del profeta Isaías anunciando a su pueblo la esperanza en que Dios les salvará: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el pá¬ramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrara con gozo y ale¬gría. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará y volverán los rescatados del Señor”. Y así ocurrió, el pueblo pudo volver a su tierra y reconstruir su nación. Siempre hay una esperanza cuando invocamos al Señor. Hoy también, nuestra situación es parecida, salvando las diferencias, que la del pueblo judío; hoy también es posible proclamar nuestra esperanza en que llegará un día en que los desiertos y los páramos de nuestro corazón florecerán, los postrados por la enfermedad se levantarán y volveremos a reunirnos todos en la casa del Señor. Como Juan el Bautista en el Evangelio de hoy, también nosotros podemos esperar que el Señor nos libere. Somos los mensajeros de la Buena Nueva con nuestro testimonio y ejemplo para que todos puedan encontrarse personalmente con Jesús. Nosotros sabemos que El es el verdadero y único salvador del mundo. Por eso, dejemos que la alegría inunde nuestro corazón, y dejemos que surja desde lo más profundo un sentimiento de agradecimiento y alabanza a Dios. Nuestra plegaria de hoy será pedir ayuda para que, como Juan el Bautista, sepamos decir una palabra creíble al mundo de hoy. A. C. P.


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