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2 de Noviembre....Fieles Difuntos

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El día 1 nos encomendamos a los Santos.
 
El dos de noviembre, rezamos por aquellos que nos han precedido en la vida, en la muerte… pero que fueron marcados con el sello de la Santísima Trinidad por el Bautismo.
 
En un ambiente de recuerdo, de silencio y de recogimiento, surgen interrogantes en nuestro interior:
 
 ¿Por qué?
 
 ¿Para qué?
 
 ¿Y la resurrección?
 
 ¿Qué podemos hacer por éstos que, sin hablar, parecen decirnos todo?
 
Desde nuestras categorías humanas hemos de reconocer que no podemos hacer gran cosa, sino recordar, quizá llorar o pedir cuentas a no sabemos quién…
 
El cristiano, desde la fe, está invitado a tener otra actitud : rezar, creer y confiar en Dios.
 
El dos de noviembre, por si lo hemos olvidado, hacemos presentes a los que están ausentes.
 
Nuestra memoria hace visible su recuerdo.
 
Nuestra oración, fortalece y acentúa la esperanza que tenemos de volvernos a ver, junto con ellos, en el abrazo saciativo de Dios.
 
Hagamos un hueco en la jornada: dejemos fuera ruidos, preocupaciones, agobios.
 
Nuestros difuntos, merecen y esperan que reguemos esta tierra bendita con la fecundidad de la oración.
 
 
 
 
 
Oración
 
Ayúdame, Señor, a considerar cada día, como la última oportunidad por agradarte.
 
Ayúdame, Señor, a mirar al cielo, como mi casa definitiva.
 
Ayúdame, Señor, a mirar a la tierra, como el paso necesario para alcanzar tu gloria.
 
Ayúdame, Señor, a esperar cuando las nubes me impidan ver el sol.
 
Ayúdame, Señor, a recordar a los que tantas veces me recordaron.
 
Ayúdame, Señor, a vivir como si fuera un errante.
 
Ayúdame, Señor, a creer que Tú tienes Palabra de Vida Eterna.
 
Ayúdame, Señor, a caer en el surco de la tierra como si fuera semilla de primera.
 
Ayúdame, Señor, a pensar en el bien que me hicieron, los que un día marcharon.
 
Ayúdame, Señor, a rezar por los que un día, por mí, también rezaron.
 
Ayúdame, Señor, a no olvidar los rostros y virtudes de los que más me quisieron.
 
Ayúdame, Señor, a mirar al cielo con ojos de niño.
 
Ayúdame, Señor, amar el cielo con un corazón cálido y siempre abierto.
 
Ayúdame, Señor, a caminar hacia el cielo, guiado y cogido de tu mano.
 
Amén.
 
 
 
 
Texto de reflexión : Oración amerindia
 
¡Cuando no esté más con vosotros, soltadme! ¡Dejadme marchar!
 
Tengo tantas cosas que hacer y ver.
 
No lloréis pensando en mí.
 
Sed agradecidos por los bonitos años en los que os he dado tanto amor.
 
No podéis imaginar la felicidad que me habéis dado.
 
Os agradezco el amor que cada uno me ha mostrado.
 
Ahora es para mi el momento de viajar solo.
 
Durante algún tiempo podéis tener un poco de pena, estar tristes, pero la confianza os traerá reconfort y consuelo.
 
No estaremos separados más que algún tiempo.
 
Dejad que los recuerdos tranquilicen vuestro dolor, pues no estoy lejos y… la vida continúa.
 
Si tenéis necesidad de mí, llamadme y vendré, aunque no podáis verme ni tocarme.
 
Y si escucháis bien a vuestro corazón, notaréis claramente la dulzura del amor que os proporcionaré.
 
Cuando llegue vuestro momento de partir, yo estaré allí para acogeros, ausente con mi cuerpo, presente con Dios.
 
No vayáis a mi tumba para llorar. No estoy, no duermo.
 
Soy como el centelleo de los cristales de nieve, como la luz que atraviesa los campos de trigo, como la dulce lluvia de otoño, como el despertar de los pájaros en la calma de la aurora, como la estrella que brilla en la noche.
 
No vayáis a mi tumba para llorar. No estoy, no he muerto.

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